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Cuando las vacaciones no están a la altura: expectativas, comparación social y autorreproche

Las vacaciones deberían ser un tiempo de descanso y recuperación. Sin embargo, cada vez con más frecuencia se convierten en una nueva prueba que superar: viajar más lejos, hacer más cosas, descubrir el lugar más especial, conseguir las mejores fotografías, ir a los mejores restaurantes  y regresar con una historia suficientemente interesante que contar como para levantar la admiración de otros.

De este modo, algo que debería ayudarnos a liberarnos de las exigencias cotidianas puede quedar atrapado en la misma lógica de la exigencia. Ya no basta con descansar o disfrutar: parece que también tenemos que aprovechar bien las vacaciones, demostrarlo y estar a la altura de lo que hacen los demás.

El problema aparece cuando la experiencia real no coincide con la imaginada. Quizá el viaje no fue tan especial, surgieron conflictos, hizo mal tiempo, estábamos demasiado cansados o, sencillamente, no hicimos todo lo que habíamos planeado. A la decepción se añade entonces una segunda capa de malestar: la autocrítica hacia nosotros mismos.

Las vacaciones que imaginamos y no llegaron a existir

Cuando unas vacaciones no cumplen nuestras expectativas, no solo lamentamos lo que ocurrió. También podemos experimentar cierta pérdida por la experiencia que habíamos imaginado y no llegó a producirse.

Esperábamos descansar plenamente, recuperar la conexión con nuestra pareja o nuestra familia, sentirnos más libres, volver con energía o convertir cada día en algo especial. Cuanto más idealizada estaba esa expectativa, mayor puede ser la distancia respecto a la experiencia real y, por tanto, mayor la decepción.

Además, las expectativas no se construyen únicamente a partir de nuestros deseos. También influyen las experiencias anteriores, la publicidad, lo que hacen nuestros amigos y las imágenes que vemos en las redes sociales. Antes incluso de comenzar las vacaciones ya podemos haber elaborado un guion bastante preciso sobre cómo deberían desarrollarse y, sobre todo, sobre cómo deberíamos sentirnos.

Pero las experiencias no obedecen a un programa. Podemos estar en un lugar maravilloso y sentir cansancio, irritabilidad, aburrimiento o tristeza. También pueden aparecer conflictos, imprevistos o preocupaciones que viajan con nosotros. Reconocer esta realidad no significa ser pesimistas, sino abandonar la idea de que las vacaciones deben constituir una sucesión ininterrumpida de bienestar.

Sentir decepción tampoco significa ser desagradecidos o incapaces de disfrutar. Significa, simplemente, que existía una expectativa importante que no se cumplió.

Cuando descansar se convierte en otra forma de rendir

Las vacaciones también pueden quedar atrapadas en la cultura de la productividad. Nos proponemos leer varios libros, visitar todos los lugares recomendados, hacer deporte, aprovechar cada día y regresar descansados, renovados y con nuevos proyectos.

El descanso se transforma así en otra lista de objetivos.

Si no cumplimos el programa previsto, podemos interpretar que hemos perdido el tiempo: «No hice nada», «no aproveché los días» o «necesitaba descansar y ni siquiera eso lo he hecho bien». De este modo, aplicamos al tiempo libre los mismos criterios de rendimiento de los que supuestamente queríamos alejarnos.

Sin embargo, no haber cumplido todos los planes no significa necesariamente haber desperdiciado las vacaciones. Quizá necesitábamos dormir más de lo previsto, reducir la actividad, estar solos o, sencillamente, no hacer nada. A veces, abandonar el programa no es una muestra de pereza o falta de voluntad, sino una señal de que estábamos más agotados de lo que pensábamos.

Desde la Psicología del Trabajo, la recuperación no consiste únicamente en dejar de trabajar. Sonnentag y Fritz (2007) distinguen cuatro experiencias que contribuyen a recuperarnos: desconectar psicológicamente del trabajo, relajarnos, realizar actividades que nos aporten aprendizaje o sensación de competencia y disponer de autonomía sobre nuestro tiempo. No todas las personas necesitan la misma combinación ni la encuentran en los mismos planes. Para alguien puede resultar reparador viajar y descubrir lugares; para otra persona, dormir, pasear sin rumbo o disponer de tiempo sin obligaciones.

Por eso, unas vacaciones llenas de actividades no son necesariamente más recuperadoras que unas vacaciones tranquilas. La pregunta relevante no es cuánto hicimos, sino qué recursos conseguimos recuperar.

Vacaciones memorables y vacaciones reparadoras no son lo mismo

Es fácil confundir unas vacaciones memorables con unas vacaciones reparadoras. Pueden coincidir, pero no son necesariamente lo mismo.

Las primeras producen fotografías, anécdotas y relatos impactantes. Las segundas permiten recuperar recursos físicos, cognitivos y emocionales. Un viaje espectacular puede resultar agotador, mientras que unas vacaciones sencillas, con pocos planes y escaso interés para las redes sociales, pueden proporcionarnos descanso, autonomía y bienestar.

La investigación respalda la importancia de esta distinción. Un metaanálisis reciente de Grant y colaboradores (2025), que reunió 32 estudios, concluyó que las vacaciones mejoran el bienestar de los trabajadores y que sus beneficios pueden ser mayores de lo que indicaban investigaciones anteriores. No obstante, el resultado no depende solo de tomar días libres: la desconexión psicológica del trabajo y las experiencias vividas durante las vacaciones influyen en su capacidad reparadora.

Estudios anteriores de Jessica de Bloom (2012) y su equipo ya habían observado que la relajación y la desconexión laboral se relacionaban con un mayor bienestar, mientras que continuar trabajando durante las vacaciones perjudicaba la recuperación posterior. También mostraron que las vacaciones no producen el mismo efecto en todas las personas: algunas experimentan una mejora clara, otras apenas perciben cambios e incluso un pequeño grupo puede regresar peor.

Por tanto, estar oficialmente de vacaciones no garantiza que se produzca una verdadera recuperación.

Las vacaciones como competición social

A esta presión por aprovechar cada día se añade la comparación con los demás. Las vacaciones se han convertido, en cierta medida, en una competición: quién viaja más lejos, descubre el lugar más exclusivo, realiza más actividades, visitar los mejores enclaves y restaurantes o consigue las mejores fotografías.

No solo descansamos; también parece que tenemos que demostrar que hemos realizado actividades socialmente admiradas.

Esta dinámica puede comprenderse a partir de la teoría de la comparación social formulada por Leon Festinger (1054). Las personas buscamos referencias externas para evaluar nuestras experiencias, capacidades y posición. Compararnos puede ayudarnos a orientarnos, pero también puede deteriorar nuestra valoración personal cuando utilizamos como referencia a quienes parecen estar en una situación mejor.

En vacaciones esta comparación suele ser ascendente: observamos a personas con destinos más lejanos, hoteles más lujosos, familias aparentemente más felices o experiencias mucho más interesantes. La diferencia puede traducirse en envidia, sensación de inferioridad o dudas sobre nuestras decisiones y nuestro propio valor.

Para las generaciones más jóvenes, además, las vacaciones pueden formar parte de la construcción de su identidad social. El destino elegido, las experiencias realizadas y las imágenes compartidas funcionan como señales de pertenencia, estilo de vida y posición dentro del grupo. No poder mostrar unas vacaciones suficientemente atractivas puede vivirse, por tanto, no solo como una decepción personal, sino como una cierta desventaja social.

El riesgo aparece cuando dejamos de organizar el descanso que necesitamos y comenzamos a organizar las vacaciones que creemos que resultarán más admirables cuando las contemos.

Comparar nuestra experiencia completa con el escaparate ajeno

Las redes sociales intensifican esta dinámica porque ofrecen una información inevitablemente sesgada. Comparamos nuestras vacaciones completas —con esperas, cansancio, gastos, conflictos y momentos en los que no sucede nada especial— con una selección de los mejores segundos de las vacaciones ajenas.

Las imágenes que vemos no tienen por qué ser falsas, pero sí son incompletas. Muestran una parte cuidadosamente elegida de la experiencia, no la experiencia en su conjunto.

La evidencia científica aconseja evitar explicaciones simplistas sobre los efectos de las redes sociales: no afectan a todas las personas por igual ni todo uso produce necesariamente malestar. No obstante, diferentes revisiones y metaanálisis han encontrado que la comparación social ascendente en redes mantiene una asociación más consistente con la envidia, la disminución de la autoestima y los síntomas depresivos que el mero tiempo de utilización.

El problema, por tanto, no reside únicamente en cuánto tiempo pasamos en las redes, sino en qué hacemos en ellas, con quién nos comparamos y cómo interpretamos lo que vemos.

Una fotografía en un destino espectacular no demuestra que esa persona haya descansado más, disfrutado más o regresado mejor. Una experiencia puede ser muy fotografiable y poco reparadora. Otra, aparentemente sencilla, puede haber proporcionado exactamente lo que la persona necesitaba.

Cuando la decepción se transforma en autorreproche

La frustración inicial puede aumentar cuando convertimos un resultado insatisfactorio en un juicio sobre nosotros mismos. Para evitarlo, conviene diferenciar tres niveles:

  • «No hice todo lo que había previsto» es un hecho.
  • «He desaprovechado las vacaciones» es una interpretación.
  • «Soy incapaz de organizarme o de disfrutar» es un juicio sobre mi identidad.

Confundir estos niveles hace que un plan incumplido termine convertido en una prueba de incapacidad personal.

El autorreproche puede adoptar muchas formas: «Tendría que haber elegido otro destino», «debería haber organizado mejor los días», «no sé disfrutar» o «todos han tenido unas vacaciones mejores que las mías». Pero castigarnos no modifica lo sucedido; únicamente añade sufrimiento a la decepción.

Frente a la autocrítica, la autocompasión no consiste en justificarnos ni en negar los errores. Supone reconocer el malestar, recordar que las experiencias imperfectas forman parte de la vida y tratarnos con la misma comprensión que ofreceríamos a otra persona. Los metaanálisis sobre autocompasión encuentran una relación consistente con un mayor bienestar psicológico, y las intervenciones dirigidas a desarrollarla pueden reducir significativamente la autocrítica.

En este contexto, la autocompasión nos permite decir: «Estas vacaciones no fueron como esperaba y me siento decepcionada» sin convertir esa decepción en «he fracasado» o «hay algo malo en mí».

El reproche mira hacia atrás para castigarnos; la reflexión mira hacia atrás para aprender.

¿Qué podemos hacer cuando las vacaciones no han estado a la altura?

1. Reconocer la decepción

No necesitamos minimizarla ni obligarnos a pensar que todo fue maravilloso. Podemos admitir: «No han sido las vacaciones que esperaba y me siento frustrada». Nombrar la emoción ayuda a regularla; juzgarnos por sentirla añade malestar al malestar.

2. Diferenciar los hechos de nuestras conclusiones

¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué esperábamos que ocurriera? ¿Qué interpretación estamos haciendo ahora? Esta separación evita convertir algunos aspectos negativos en una valoración global de todas las vacaciones.

3. Hacer un balance matizado

Puede haber cosas que no funcionaron y, al mismo tiempo, momentos de descanso, disfrute, aprendizaje o conexión. Reconocerlos no supone forzar una lectura positiva, sino evitar el pensamiento de todo o nada.

4. Cambiar el reproche por curiosidad

En lugar de preguntarnos «¿Por qué lo hice todo tan mal?», podemos plantearnos: «¿Me propuse demasiado?», «¿Estaba más cansada de lo que creía?», «¿Qué circunstancias interfirieron?» o «¿Qué necesitaba realmente?».

5. Identificar la necesidad pendiente

Quizá no necesitábamos únicamente vacaciones, sino sueño, tranquilidad, tiempo en soledad, conexión afectiva, actividad, autonomía o menos responsabilidades. Poner nombre a la necesidad permite buscar otras formas de atenderla.

6. Regular la comparación social

Si mirar las redes sociales aumenta la tristeza, la envidia o la sensación de insuficiencia, puede ser conveniente reducir temporalmente su consumo, silenciar determinadas cuentas o evitar consultarlas en momentos de mayor vulnerabilidad. No es huir, sino gestionar un estímulo que está influyendo en nuestro estado emocional.

Tampoco necesitamos competir en las conversaciones posteriores. Podemos responder con naturalidad: «Las mías fueron más tranquilas de lo previsto» o «No hice grandes planes; necesitaba bajar el ritmo». Unas vacaciones menos espectaculares no son unas vacaciones de menor valor.

7. Convertir lo aprendido en una pequeña acción

Si necesitábamos descansar, leer, caminar, estar con alguien o disponer de tiempo propio, podemos recuperar ahora una parte de ello. Una tarde libre, diez minutos de lectura, una excursión cercana o una mejora en el sueño pueden empezar a atender la necesidad que quedó pendiente.

Las vacaciones han terminado, pero la posibilidad de recuperarnos no ha terminado con ellas.

Las vacaciones pudieron no ser como esperábamos sin que eso las convierta en un fracaso. Podemos reconocer la pérdida de la experiencia imaginada, revisar qué necesitábamos realmente y comenzar a atenderlo ahora.

No necesitamos unas vacaciones que impresionen a los demás, sino una forma de descansar coherente con lo que verdaderamente necesitamos.

De todo esto he hablado en una entrevista que me han hecho en TVE, aunque en el informativo sólo se recojan dos cortas frases.

 ¿Vacaciones cortas o largas? La clave está en la recuperación

¿Cuánto deberían durar las vacaciones para que realmente nos ayuden a recuperarnos? ¿Son suficientes ocho días o necesitamos periodos más largos? Sobre estas cuestiones he intervenido el 14-08-2026 en el Telediario de TVE y en Las noticias de Herrero, de esRadio.

Aunque cada medio abordó el tema desde un ángulo diferente —TVE puso el foco en la duración y esRadio en las condiciones que hacen que unas vacaciones sean verdaderamente saludables—, ambas intervenciones conducen a una misma conclusión: no existe una duración perfecta para todas las personas y descansar no depende únicamente del número de días.

Las vacaciones no son solo una interrupción del trabajo ni un premio después de muchos meses de esfuerzo. Son una necesidad de recuperación.

Cuando trabajamos, utilizamos continuamente recursos físicos, cognitivos y emocionales: prestamos atención, tomamos decisiones, resolvemos problemas, regulamos nuestras emociones, sostenemos las interacciones con otros y respondemos a las demandas del entorno. Descansar permite detener temporalmente ese consumo, dirigir la energía hacia las demandas internas y recuperar los recursos necesarios para seguir funcionando con salud.

¿Ocho días son suficientes?

Uno de los datos que más interés ha despertado procede del estudio longitudinal de De Bloom, Geurts y Kompier (2013). Los investigadores siguieron a 54 trabajadores antes, durante y después de unas vacaciones de verano de más de dos semanas, con una duración media de 23 días.

Los resultados mostraron que la salud y el bienestar mejoraban rápidamente durante las vacaciones y parecían alcanzar su nivel más elevado aproximadamente hacia el octavo día. Entre las experiencias más relacionadas con esa mejora se encontraban el placer proporcionado por las actividades, la relajación, la autonomía para decidir sobre el propio tiempo y la calidad y duración del sueño.

Sin embargo, este resultado no significa que ocho días sean la duración ideal ni que constituyan una cifra válida para todas las personas. El estudio identificó el momento en el que el bienestar alcanzó su punto máximo dentro de esa muestra concreta, pero no estableció una regla universal sobre la duración óptima de las vacaciones.

La recuperación depende de la fatiga acumulada, las características del trabajo, la calidad del sueño, las responsabilidades personales y, especialmente, de la posibilidad real de desconectar psicológicamente.

El cuerpo puede salir de la oficina en un minuto; la mente puede tardar varios días.

Por eso, unas vacaciones breves pueden proporcionar alivio y bienestar, pero quizá terminen justo cuando comenzamos a reducir verdaderamente el ritmo. Un periodo más largo facilita una desconexión más profunda, especialmente después de etapas de mucha exigencia, aunque también puede hacer más difícil la reincorporación.

También podemos recuperarnos en vacaciones cortas

Las vacaciones breves también producen efectos positivos.

En otro estudio longitudinal, De Bloom, Geurts y Kompier (2012) analizaron periodos vacacionales cortos y observaron mejoras en la salud y el bienestar durante esos días. No obstante, los beneficios disminuyeron con rapidez después de regresar al trabajo.

Estos resultados coinciden con un metaanálisis anterior de De Bloom y colaboradores (2009): las vacaciones tienen un efecto positivo sobre la salud y el bienestar, aunque generalmente moderado y de corta duración una vez que se reanuda la actividad laboral.

Las vacaciones largas permiten romper con mayor claridad las rutinas laborales, reducir la activación acumulada y disponer de tiempo tanto para descansar como para disfrutar.

Los periodos breves y distribuidos ofrecen otra ventaja: introducen oportunidades frecuentes de recuperación y evitan que tengamos que esperar a estar exhaustos para detenernos.

Por tanto, no es necesario elegir entre un modelo u otro. Cuando sea posible, una estrategia razonable consiste en combinar un periodo suficientemente prolongado para favorecer una desconexión profunda con otros descansos más breves repartidos durante el año.

Recupera mejor quien descansa antes de agotarse, no quien espera a estar exhausto para irse de vacaciones.

No descansamos únicamente porque no trabajemos

La calidad de las vacaciones puede ser tan importante como su duración.

Sonnentag y Fritz (2007) identificaron cuatro experiencias psicológicas fundamentales para recuperarnos del trabajo:

  • Desconexión psicológica: dejar de pensar constantemente en las tareas, los problemas y las responsabilidades laborales.
  • Relajación: reducir la activación física y mental y recuperar un estado de calma.
  • Dominio o aprendizaje: realizar actividades diferentes que nos interesan y nos permiten desarrollar capacidades.
  • Control: sentir que podemos decidir cómo emplear nuestro tiempo libre.

Estas experiencias explican por qué dos personas que disponen del mismo número de días pueden volver con niveles de recuperación muy distintos.

A ellas se suman otras condiciones relevantes señaladas por la investigación sobre vacaciones:

  • Dormir y respetar las necesidades del cuerpo.
  • Realizar actividades agradables sin convertirlas en nuevas obligaciones.
  • Saborear y disfrutar conscientemente las experiencias.
  • Cuidar las relaciones sociales.
  • Incorporar actividad física.
  • Reducir la disponibilidad digital y la exposición constante a información.

Podemos estar muchos días fuera del trabajo y continuar respondiendo mensajes, anticipando problemas o llenando la agenda de nuevas exigencias. En esas condiciones habremos cambiado de escenario, pero no necesariamente habremos descansado.

No se trata de hacer muchas cosas para aprovechar las vacaciones, sino de identificar qué necesitamos recuperar. Para algunas personas será viajar; para otras, dormir, reducir la agenda, recuperar vínculos, estar en contacto con la naturaleza o, sencillamente, disponer de tiempo sin obligaciones.

El efecto de las vacaciones puede desaparecer rápidamente

El estudio de De Bloom et al. (2013) también encontró un dato menos optimista: durante la primera semana de reincorporación, el bienestar había descendido hasta aproximarse a los niveles previos a las vacaciones.

Esto no significa que las vacaciones no sirvan. Significa que sus efectos pueden ser transitorios cuando regresamos a las mismas demandas y no existen oportunidades de recuperación cotidiana.

Una investigación más reciente de Wang, Song, Guo y Ye (2025) refuerza esta idea. Su estudio mostró que la tensión emocional acumulada antes de las vacaciones incrementaba la necesidad de recuperación y que una necesidad no satisfecha se asociaba con un menor vigor al regresar al trabajo.

También observaron la importancia del apoyo organizacional percibido. Las personas que sentían que su organización valoraba su bienestar y facilitaba su reincorporación mostraban mejores condiciones para recuperar el vigor. Por tanto, regresar con energía no depende exclusivamente de lo que haga el trabajador durante sus vacaciones; también depende del contexto laboral al que vuelve.

Las vacaciones no pueden repararlo todo

También importa cómo regresamos. Volver de un viaje exigente el día anterior, encontrar la agenda completamente ocupada o pretender responder inmediatamente a todo lo acumulado puede consumir con rapidez parte del bienestar recuperado.

En las organizaciones se puede facilitar una reincorporación más saludable:

  • Evitando concentrar reuniones y tareas críticas durante el primer día.
  • Estableciendo prioridades realistas.
  • Distribuyendo adecuadamente el trabajo acumulado.
  • Respetando la desconexión durante las vacaciones.
  • Favoreciendo que la persona recupere progresivamente su ritmo de trabajo.

Desde la perspectiva del Funcionamiento Óptimo, la recuperación no debería concentrarse exclusivamente en el verano. Necesitamos alternar activación y descanso mediante el sueño, las pausas durante la jornada, la desconexión diaria, los fines de semana y distintos periodos vacacionales.

Las vacaciones ayudan a reponer recursos, pero no pueden reparar indefinidamente una forma de trabajar que los destruye. Si una persona necesita emplear gran parte de sus vacaciones simplemente para dejar de sentirse exhausta, quizá el problema no esté en la duración del descanso, sino en las condiciones de trabajo, sus estrategias de afrontamiento y en la falta de recuperación cotidiana.

La mejor vacación no es necesariamente la más larga ni la más lejana. Es aquella en la que dejamos de estar disponibles para todo y volvemos a estar disponibles para nosotros mismos.

Porque el descanso no interrumpe el Funcionamiento Óptimo. Forma parte de él.

Intervenciones en medios

Estas dos intervenciones abordan la recuperación durante las vacaciones desde perspectivas complementarias:

¿Ocho días son suficientes para descansar?

Telediario de TVE

Ver la intervención en TVE

¿Vacaciones cortas o largas?

Las noticias de Herrero — esRadio

Escuchar la intervención en esRadio

Referencias

De Bloom, J., Geurts, S. A. E., & Kompier, M. A. J. (2012). Effects of short vacations, vacation activities and experiences on employee health and well-being. Stress and Health, 28(4), 305–318. https://doi.org/10.1002/smi.1434

De Bloom, J., Geurts, S. A. E., & Kompier, M. A. J. (2013). Vacation (after-) effects on employee health and well-being, and the role of vacation activities, experiences and sleep. Journal of Happiness Studies, 14(2), 613–633. https://doi.org/10.1007/s10902-012-9345-3

De Bloom, J., Kompier, M., Geurts, S., de Weerth, C., Taris, T., & Sonnentag, S. (2009). Do we recover from vacation? Meta-analysis of vacation effects on health and well-being. Journal of Occupational Health, 51(1), 13–25. https://doi.org/10.1539/joh.K8004

Sonnentag, S., & Fritz, C. (2007). The Recovery Experience Questionnaire: Development and validation of a measure for assessing recuperation and unwinding from work. Journal of Occupational Health Psychology, 12(3), 204–221. https://doi.org/10.1037/1076-8998.12.3.204

Wang, Y., Song, K., Guo, M., & Ye, L. (2025). Back to work, running on empty? How recovery needs and perceived organizational support shape employees’ vigor upon return to work. Behavioral Sciences, 15(7), 889. https://doi.org/10.3390/bs15070889

VACACIONES, ¿HAY QUE IRSE A LA PLAYA O EL CAMPO PARA DISFRUTARLAS?

Vacación significa en su origen etimológico vacío. Y este es precisamente el sentido que para nosotros debería tener, el de vaciar nuestro día a día del deber del horario y del deber de las tareas del trabajo. Vaciar nuestras mentes y nuestras agendas. Dejar de lado los hábitos cotidianos de mirar continuamente el whatsup, el correo o las redes. Un tiempo de vacío en el que inventar libremente nuestra actividad y vivir a otro ritmo. Pero no es así como se habla de las vacaciones en los medios donde vacaciones se identifica con irse a la playa y así lo he podido constatar esta semana con mis colaboraciones en la Sexta y en TVE1.

Para muchas personas, las vacaciones es sinónimo de viaje a cualquier destino con tal de salir de casa. Algunas, incluso, se quejan amargamente de no poder salir de casa y, por ello, de no desconectar y que su ansiedad se ve incrementada por ello. Ahora que está de moda hablar de salud psicológica y de los efectos que los acontecimientos tienen en nuestro bienestar, es fácil señalar que o no hay vacaciones o hay una pérdida de salud.

Pero, la verdad es que las vacaciones no requieren de viajes para conseguir ese vacío sino de la actitud con la que nos planteamos nuestra jornada.

No es lo que ocurre sino cómo nos tomamos lo que ocurre, no son las vacaciones sino lo que hacemos en ese tiempo lo que va a marcar la diferencia en nuestro bienestar psicológico y fisiológico.

Lo que importa No es lo que te sucede, sino cómo reaccionas a lo que te sucede (Epícteto)

Puede que permanezcamos en casa por diversas razones, de salud, de elección, por precaución por el COVID19, por razones familiares, económicas o de oportunidad y, sin embargo, creemos ese vacío que es la esencia de las vacaciones.

Para algunas personas no es nada fácil ni siquiera plateárselo. Dejar el ritmo apresurado y lleno de acción de la jornada laboral les puede costar un esfuerzo especial. Acostumbrados a altos niveles de adrenalina por el ritmo de su trabajo y/o las implicaciones que tienen sus decisiones, de repente, dejar de ocuparse de ellas no es algo fácil. Un vértigo al vacío puede dominarles y cambian la sobreactividad laboral por la sobreactividad de actividades de ocio, el “no parar” en vacaciones como fruto de la necesidad imperiosa de acción.

El descanso y la desconexión pasan, como primer paso, por poner tu mente en blanco con respecto a lo habitual, parar el ritmo frenético de las preocupaciones. El segundo paso, es dar otro ritmo a tu día, llenarlo de estímulos enriquecedores, novedad y belleza.

Para algunos, las actividades físicas que les permitan la descarga de la adrenalina será perfecto, el deporte, y cuanto mayor nivel de cardio, mejor; para otros, la quietud de la contemplación de un paisaje o la meditación será lo adecuado. El punto en común de ambas formas de descansar es la desconexión mental del día a día.

Ya hace más de cien años que los psicólogos estudiamos los ritmos de productividad y los efectos de la combinación de períodos de actividad y de períodos de descanso.

Un correcto descanso nos facilita la vuelta a la actividad con la mente en disposición de analizar, comprender y manejar mejor la información, tomar decisiones más eficientes y optimizar nuestro rendimiento. También nos permite relativizar los eventos y no experimentar la vida como una línea uniforme y continua. Todo ello, facilita nuestro equilibrio mental y nuestro bienestar psicológico.

Son razones suficientes para tomarnos el descanso como una actividad en sí misma, como parte de nuestra responsabilidad de tratarnos bien y cuidarnos.

Y, como suele pasar en temas de psicología, esto no es algo que los demás puedan hacer por ti sino que es algo que, al final, sólo depende de uno mismo.