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VIVO EN UNA URNA DE CRISTAL, ¿SIN EMOCIONES?

urna de cristal Me preguntaba una persona en la presentación de mi libro emociones capacitantes el 9 de octubre en el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid si una persona que siempre hubiera estado en una urna de cristal tendría emociones o si se necesitaban estímulos externos para que se le generaran.
Interesante pregunta, ¿verdad?

Tendemos a pensar que nuestras emociones son producidas por lo que pasa fuera de nosotros. ¿Es cierto esto? Sin duda lo que ocurre en nuestro mundo nos produce reacciones emocionales de todo tipo. Un ruido repentino genera en nosotros una reacción emocional de sorpresa, a la que sigue habitualmente otra emoción como es el miedo, la alegría, el asco. Una noticia de la pérdida de alguien querido nos produce tristeza. Un coche que nos pasa rozando nos puede generar ira. Y así sucesivamente. Lo que ocurre en el mundo físico es una fuente inagotable de emociones. También lo es lo que ocurre en nuestro mundo social, el efecto de las conductas de las otras personas en nosotros tiene tal vez un carácter más profundo y simbólico y es más fácil que afecten nuestro sentido de nosotros mismos: nuestra identidad.
Pero volvamos a la pregunta inicial, ¿sólo del mundo externo proceden mis emociones?

NO

Recuerdos, imaginaciones, pensamientos, sensaciones, cambios fisiológicos, son fuente continua de emociones, tanto o más que las anteriores. Mi naturaleza humana es mi principal fuente de emociones porque es parte de mi equipamiento para vivir.

Yo puedo imaginarme sintiéndome bien, aceptando el “aquí y ahora” y reorganizar mi mente y mi cuerpo para ello: comienzo a respirar más lento, tal vez entrecierre los ojos o incluso los cierre, mi cuerpo entero se afloja y adquiero una posición de apertura.

Yo puedo recordar el miedo que pasé en una situación cualquiera en la que no sabía cómo salir adelante y resolverla, tal vez un examen, tal vez cruzar un puente inestable, tal vez un conflicto personal con otra persona. Y esto significa que no sólo recuerdo, digamos a nivel de evocación mental, todo mi cuerpo evoca las reacciones que asocié a esa situación: encogimiento general del cuerpo, respiración mínima, entrecortada, paralización general, etc. Sólo si desorganizo / “desprogramo”, ese conjunto de reacciones asociadas al recuerdo podré en un futuro recordarlo de otra manera.

Las nuevas técnicas de neuroimagen nos han aportado también una información importante: personas en coma evocan recuerdos y experiencias emocionales.

Cuando soñamos evocamos también emociones asociadas a cómo experimentamos la situación y se ha podido comprobar que el bebé en el seno materno puede estar soñando a la vez que la madre. No podemos saber el contenido del sueño, pero lo que sí sabemos es que la neuroquímica de la madre está llegando al bebé, y por lo tanto, lo que ese set de neurotransmisores conlleva es lo que le llega al niño induciendo las respuestas propias a esos componentes químicos.

En otras palabras, sólo un cerebro dañado estructural o funcionalmente no generará respuestas emocionales.

Si recordamos el famoso caso de Phineas Gage (primer caso documentado científicamente sobre los daños cerebrales y el comportamiento), quien tras sufrir un terrible accidente que dañó la conexión entre la zona límbica y el córtex cerebral, podemos darnos cuenta de que las emociones van a estar ahí. ¿Phineas dejó de tener emociones? No, pero no podía gestionarlas. No sabía que era apropiado y qué no.

Seguimos pensando en las emociones como fuerzas independientes a nosotros mismos que nos dominan, que incluso son desagradables, como enemigos muchas veces de nosotros mismos. A veces me ha dado la impresión de que alguna persona las vivía como crías de aliens que habitaran en su interior, incluso con frases tan descriptibas como “las emociones que me habitan”.

Este siglo XXI nos está trayendo muchas inquietudes, muchos retos en la evolución humana, una de ellas, las ganas de superar la dicotomía permanente entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre la razón y la emoción, entre el competir y el colaborar. Hay nuevas aspiraciones de integración, de ampliación de consciencia, de ir más allá de lo límites de nuestros propios juicios y de ampliar nuestro conocimiento basándonos en las múltiples perspectivas que los múltiples observadores que somos, somos capaces de ver y aportar.

La ingente cantidad de noticias sobre emociones forma parte de esta inquietud.

Señores, señoras, reconozcamos a las emociones como parte de nuestra naturaleza humana, como parte de nuestro equipamiento para dar respuestas funcionales y mejor adaptadas a nuestros retos diarios, como un recurso valiosísimo para triunfar no sólo en el sobrevivir, sino en la calidad con lo que lo hacemos. Sin ellas y su integración con nuestro pensamiento, al igual que le ocurrió a Phineas Gage, no sabemos lo que nos conviene o lo que es más adecuado para nuestra vida.

La última película de Star Trek nos ofrece un ejemplo fantástico sobre la integración de la razón y la emoción en la persona. Dos personajes tradicionalmente enfrentados en su dualidad, aproximan en esta película sus anhelos. Spock, quien antes era pura lógica y racionalidad, lucha ahora por integrar su dimensión humana (emocional) en su vivir y tomar decisiones más acordes con su naturaleza humana y vulcaniana, en definitiva, en sacarle el mayor partido posible a todo su bagaje genético y cultural: razón (lógica) y emoción.

El capitán Kirk, quien antes podía ser el adalid de la toma de decisiones en base a la balanza de costes y beneficios, adquiere ahora una identidad “visionaria”, pasional, donde las relaciones, la fidelidad, la cohesión de equipo y la amistad son las claves de un comportamiento colaborativo excepcional que lleva a “RESULTADOS EXTRAORDINARIOS”.

Los logros del equipo son los logros de la INTEGRACIÓN, de la ACEPTACIÓN “del otro como legítimo otro” que se dice en la terapia humanística de Rogers y en el coaching ontológico.

ACEPTAR, RESPETAR, ACOGER, AGRADECER, FLUIR Seguir leyendo VIVO EN UNA URNA DE CRISTAL, ¿SIN EMOCIONES?

VISION = MI FUTURO

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Visión = Ver. Claro que significa ver. En wikipedia se dice que visión es la capacidad de interpretar nuestro entorno gracias a los rayos de luz que alcanzan el ojo. Circunscribe por tanto la visión al sentido de la vista, a la capacidad de recibir información a través de nuestros ojos.

Pero por visión pueden entenderse, además otros significados más simbólicos y significativos para la mente humana y su capacidad de construir la identidad de la persona. Significados que tienen que ver con el diseño de nuestro futuro, con alcanzar nuestros sueños realizados o con definir nuestro yo ideal.

La visión va más allá del simple ejercicio físico de ver. Tiene que ver con crear nuestro futuro. Sí, crearlo. No se trata de esperar de forma pasiva a ver qué nos depara el mañana, sino de actuar de forma proactiva ideando ese mañana, desde nuestros valores, desde nuestros principios y fortalezas. Supone liderar nuestro destino porque es ahí donde queremos estar.

Por eso se utiliza como ejercicio “clave” en coaching. Visión es proyectarnos en el futuro en el que queremos estar.

Este ejercicio de visión se constituye como uno de los ejes claves del cambio de las personas. Cuando lo utilizamos en el coaching individual o de equipo tratamos que las personas imaginen ese futuro que quieren vivir y en el que quieren estar, porque sólo desde un punto de referencia que les implique, y que consideren de éxito para ellas tendrán la voluntad suficiente para hacer los cambios que les conducirán hasta ese futuro deseado.

La definición de la visión es una práctica necesaria de la estrategia empresarial y como tal la hemos aprendido en los masters de dirección empresas. Sin embargo, su alcance es mucho mayor. Es tan potente que puede utilizarse con cualquier finalidad: el futuro de una empresa, departamento, equipo, negocio, persona,…

Tener una visión requiere de un punto de referencia de éxito que nos permite cambiar nuestros paradigmas. No podemos enfrentarnos a los desafíos del siglo XXI con paradigmas restrictivos donde la competición es la estrategia principal y el yo gano – tu pierdes, o el yo te hundo a ti para subirme encima tuyo y resaltar yo es la actitud predominante. Necesitamos “madurar”, evolucionar como personas y avanzar desde la mísera perspectiva de la defensa de mí mismo, al amplio espectro de posibilidades que ofrece la confianza en mí mismo y el querer colaborar con otros en aras de construir un espacio de relaciones y resultados diferentes.

Necesitamos enfrentarnos a nuestros nuevos retos con estrategias orientadas al éxito y al bienestar, fundamentadas en los elementos que la psicología positiva señala como bases del fortalecimiento de la persona, en las que las personas son aceptadas per se, y donde las diferencias individuales se convierten precisamente en una fuente de riqueza.

Cuando trabajamos la visión de una persona sobre sí mismo y su vida, siempre hay preguntas que les resultan impactantes: “¿dónde te ves de aquí a un año”, “¿cómo titularías la película de tu vida?”, “¿para qué vives?”, … No importa la pregunta, lo importante es que enfrentamos a la persona ante el hecho de reflexionar sobre lo que quiere hacer con su vida, y para mí, lo más importante, cómo se quiere sentir en ella. Lo habitual es la pasividad, el dejarse arrastrar, el vivir en la inconsciencia y el automatismo. Ante preguntas cómo esta que atañen a su propia existencia, ningún coachee queda indemne, sólo llevarle a que reflexione sobre ello, hace que mire su vida de forma diferente, con una mirada proactiva en vez de pasiva; hace que se sienta “responsable” de cómo sentirse ante ella y no una “víctima” de las circunstancias de su vida. Ya ha cambiado la direccionalidad de su existir, ya ha cambiado él, ya ha cambiado todo. Después queda el trabajo de andar ese camino que imagina para llegar a su futuro.

Pongamos un ejemplo ahora de trabajo con visión en equipo. Una empresa educativa en la que sus directivos destacan por su sensibilidad a la innovación en sus metodologías y la excelencia de los resultados que buscan en todos los órdenes, se dan cuenta de que su equipo de colaboradores de 30 personas no está alineado con los principios que para la dirección son claves en su acción. En este caso tiene una especial trascendencia por cuanto su trabajo incide directamente sobre unas 250 personas. Esta necesidad les lleva a plantear cómo alinear, implicar e ilusionar a todo el personal con el proyecto del centro.
Una mirada sistémica es esencial como primer paso. Las personas tomamos consciencia de donde estamos en nuestro equipo como sistema, qué aportamos con nuestro estar en él y que recibimos de los demás, y cómo afecta todo esto al conjunto de la empresa.

El siguiente video refleja de una forma simbólica la capacidad que tenemos las personas para situarnos y movernos en el conjunto de nuestras circunstancias.

El ejercicio de visión les ayuda a imaginar el futuro en el que quieren estar. En este caso es un ejercicio de visión compartida por todo el equipo que genera una direccionalidad especialmente visible en sus relaciones, y en paralelo en su trabajo.

Al año de crear la visión compartida, se ha renovado con una nueva definición. La evolución es percibida por todos. Han co-creado su forma de relacionarse y de abordar los retos constantes de su trabajo. El alineamiento y la satisfacción crecen. Si en el primer ejercicio de visión las posiciones individuales, los juicios de imposibilidad y la desconfianza aparecían tiñendo todo el contenido; en este nuevo ejercicio de visión, la confianza, el positivismo y la fuerza son los ejes centrales sobre los que se ha diseñado la nueva visión.

Al igual que una persona, los equipos necesitan reflexionar dónde están y definir su ideal de relaciones. Numerosos estudios han demostrado ya que cuando las personas se sienten confiadas y seguras su productividad es mayor, la conflictividad es menor, las ausencias físicas y mentales también son menores.

Es fácil de entender que si una persona no sabe hacia dónde dirigirse puede pasarse la vida dando tumbos de un objetivo a otro, o de una actividad a otra, o simplemente viviendo de forma inconsciente y pasiva sus días. A los equipos les ocurre lo mismo. A las organizaciones también.

Sólo nos faltaría que estas posibilidades que el trabajo en la visión abren llegaran a la sociedad. Sería soñar con un mundo mejor seguramente. El bienestar no es un nivel económico, es un “estar bien” en la vida que no conseguimos simplemente con dejarnos arrastrar por las circunstancias y los días, sino con la reflexión y el compromiso personal con uno mismo en crear nuestro futuro.